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El tránsito de maquinaria pesada en lotes anegados y la falta de rotación degradan el recurso y ponen en riesgo su productividad. En Agroactiva, técnicos del INTA brindan estrategias para restaurar su estructura y porosidad.

Las abundantes precipitaciones y la cercanía de las napas a la superficie complican, cada vez más, el normal desempeño de las actividades productivas en la región Pampeana. Así, el tránsito en húmedo de maquinarias pesadas durante la cosecha y la falta de rotación de cultivos provoca la compactación superficial y sub-superficial en gran cantidad de lotes de la región. En Agroactiva –del 31 al 3 de junio en Armstrong, Santa Fe–, los técnicos del INTA detallarón estrategias para la recuperación de la capacidad productiva de los lotes afectados.

 

Para Guillermo Gerster –extensionista del INTA Roldán, Santa Fe–, la compactación de los suelos es “una problemática con numerosas causas” entre las que destacó las condiciones de alta humedad de los suelos, el tránsito con maquinarias de gran porte y el monocultivo de soja. A su vez, en las últimas campañas, la presencia de napas freáticas cercanas a la superficie agravaron el problema.

 

Por otra parte, la ausencia de gramíneas en la rotación, sumada a la escasa actividad biológica de estos sistemas contribuyen a que los sectores compactos generados por el tránsito perduren varios años.

 

“Cuando un rodado se desplaza sobre un suelo desnudo produce efectos diferentes a los generados en uno cubierto”, explicó Gerster quien agregó: “Es que la presencia de una abundante cobertura de rastrojos amortigua parcialmente el efecto del tránsito”.

 

A esto se refiere la investigación realizada por Gerster y Silvina Bacigaluppo –especialista del INTA Oliveros, Santa Fe– en suelos argiudoles típicos. “Los sectores transitados presentan una disminución en los rendimientos en soja y maíz de un 28 % y 15 %, respectivamente, respecto a zonas sin tránsito”.

                        

Además, los investigadores observaron un incremento en la densidad aparente, una reducción de la infiltración básica, menor exploración de raíces y una merma en la presencia de nódulos, tanto en su peso como en su cantidad.

 

En este sentido, Bacigaluppo subrayó la importancia de “reducir el impacto de la compactación mediante una estrategia que combine el tránsito controlado y el uso de rodados de mayor superficie de apoyo y menor presión específica”.

 

Es que, de acuerdo con los especialistas, si bien el uso extensivo de la siembra directa en la región pampeana permitió reducir los procesos erosivos en en situaciones de monocultivo, las raíces del cultivo de soja tienen escasa capacidad para crecer en las zonas compactadas. Por este motivo, la inclusión de gramíneas de invierno resulta esencial para recuperar la porosidad de los sectores compactos.

 

Compactación: un mal que se puede revertir

 

Tanto Bacigaluppo como Gerster coinciden en que “los suelos de la región pampeana son capaces de recuperar la estructura y porosidad afectada por la compactación”.

 

En este sentido, recomiendan la siembra intensiva de gramíneas y un manejo adecuado en siembra directa con fertilización. “Así, se mantendrán altos niveles de cobertura y porosidad –tanto en invierno como en verano–, lo que mejora el balance de materia orgánica y nutrientes”, explicó Bacigaluppo.

 

Y agregó: “Los suelos en siembra directa, con una adecuada rotación de gramíneas, mediante el efecto de las raíces y de la actividad biológica, asociado a procesos de humectación y desecamiento tienen la capacidad de recuperar la estructura, aunque puede demorar varios años”.

                           

A esta estrategia, sugieren adoptar en la rotación gramíneas de invierno como trigo, avena, cebada o centeno. Es que, ya sea como cultivos para producir granos o de cobertura, permiten recuperar la porosidad de los suelos y contribuyen al balance de materia orgánica, lo que además permite deprimir las napas cuando éstas se ubican cerca la superficie.

 

Para el caso de siembra de cultivos de cobertura, los especialistas recomendaron “la combinación de gramíneas en mezclas con leguminosas”, ya que éstas últimas permiten aportar nitrógeno fijado en forma biológica.

 

“Una de las ventajas de las gramíneas de invierno, como el trigo, –detalló Gerster– es que normalmente encuentran durante su implantación el suelo húmedo por periodos prolongados, por lo que tienen mayores posibilidades de crecer en los sectores compactados, además de ello el hecho de ser sembrados en líneas cercanas les permite una mayor capacidad de exploración del perfil”.

               
 

            

                 

 

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